Reencuentros

Reencuentros – Relato de Mª José Hernández Fernández

Sin mirar atrás, el fotógrafo se perdió por las calles del barrio viejo. No prestaba atención a los lugares por los que pasaba ni a la gente con la que se cruzaba, demasiado ocupado en contener la avalancha de recuerdos que amenazaba con invadir su mente. Sin darse cuenta, fue a parar al mismo hotel donde había pasado sus mejores noches con ella, arrebujados en un colchón prestado, mordiéndose los labios para silenciar los gritos hasta que el placer ganaba la partida y el sueño les vencía, sudorosos y felices, ajenos a todo lo que no fuera sus cuerpos pegados. Se sintió derrotado por la fuerza de su costumbre que, como una puñalada, le había llevado por la senda de la memoria al escenario en el que no había puesto los pies desde que ella se fue. Se rindió. El cuerpo necesitaba descanso, la mente, olvido y el alma, castigo.

Al cruzar las puertas, el pasado le vino al encuentro y le cortó el aliento. Las paredes estaban algo agrietadas por los bombardeos de los últimos meses, algunos de los amplios ventanales habían sido tapiados y el resto tenía las cortinas echadas para cumplir con el decreto de oscuridad total del gobierno, y el mobiliario parecía más ajado, menos elegante y confortable. A pesar de todo, la esencia del lugar se mantenía intacta. Los aromas eran los mismos que recordaba: tabaco rancio, licor barato, sudor y miedo a partes iguales. Por un momento, se sintió tentado a huir, pero había empezado a llover y no le apetecía pasar la noche al raso, vagando de esquina en esquina en busca de un refugio que no estuviera asociado a alguno de sus recuerdos. Se levantó el cuello de la chaqueta, clavó los ojos en el suelo alfombrado y atravesó el vestíbulo atestado hasta llegar al bar. A su alrededor sonaban decenas de acentos diferentes y no faltaban las risas ni las canciones mal entonadas o los discursos encendidos. Alguien le llamó a gritos por encima de la algarabía, una voz de mujer que reconoció al instante, pero se hizo el sordo. No podía asegurar que fuera real o alguno de sus fantasmas que acudía, solícito, a hacerle compañía.

Buscó un lugar vacío en la barra y pidió un whisky doble, sin hielo ni agua. El camarero, cuyas ojeras daban fe de las muchas horas que llevaba de servicio, le miró con sorna.

– ¿Whisky? De eso no tenemos, señor. El racionamiento, ya sabe… – Se encogió de hombros y siguió secando vasos con un trapo en el que no cogía más roña.

– Quiero emborracharme rápido, muy rápido. ¿Qué me puedes ofrecer? – le contestó el fotógrafo, con su acento arrastrado, apoyando los codos sobre la barra.

– Tenemos un vino del país, tinto “renegrío”, capaz de tumbar a un toro con sólo olerlo. ¿Le sirvo un vaso?

– Que sea una botella. Y vaya preparando la segunda, por si acaso.

– Mañana no va a saber ni cómo se llama, señor – El camarero sonrió mientras bajaba de la estantería una botella sin etiquetar.

– No tendré tanta suerte, amigo – contestó el fotógrafo. Dejó unas monedas sobre la barra y se alejó con la botella en la mano-. Yo nunca olvido, esa es mi condena.

Fue a sentarse en un butacón medio oculto por una palmera, desde donde podía observar el movimiento del bar sin que nadie reparara en su presencia. Abrió la botella, olió el corcho y reconoció que el camarero no había mentido: aquel veneno podía tumbar a un toro. A ver qué tal le iba a él.

Hizo un brindis al cielo y, después de pensar unos segundos, derramó unas gotas sobre la alfombra sólo para asegurarse que recibía su mensaje, ya estuviera en el cielo o el infierno. Dio un trago largo, se quedó sin respiración y le ardieron los ojos.

– Cojones, pues sí que es recio el caldo – susurró antes de volver a inclinar la botella. Le hizo un gesto al camarero que, parapetado tras la barra, no le había quitado la vista de encima. El hombre entendió al momento, se echó el trapo sobre un hombro y salió de su trinchera para traerle la segunda botella.

– Vaya usted con cuidado, maestro, mire que no está la noche como para ir llamando a los médicos… – le dijo con poso de preocupación en la voz.

– No se preocupe, soy muy hábil en esquivar a la muerte.

El camarero volvió a su reino tras la barra arrastrando los pies, preguntándose cuál sería la pena extraña que arrastraba aquel hombre que le obligaba a beber matarratas para conjurar el olvido.

El fotógrafo estiró las piernas, eructó con discreción y siguió con la tarea que se había impuesto: liquidar las dos botellas y caer en un sueño etílico que le ayudara a superar la noche.

Martha, entre la niebla de mil cigarrillos encendidos al mismo tiempo, le había visto entrar, quedarse paralizado en el vestíbulo y enfilar el camino hacia el bar con la cabeza baja. El corazón le dio un vuelco, como ocurría siempre que se cruzaban sus vidas. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez? Se había quedado quieta, la copa de anís a medio camino de la boca, y su compañero de juerga aquella noche quiso saber qué le ocurría.

– Nada. O todo, en realidad – contestó con una sonrisa distraída-. Pensaba que, en tiempos de guerra, los días vuelan como una mala noticia y una mañana cualquiera, te despiertas vieja y sola, preguntándote en qué momento empezaste a perderlo todo…

Se habían conocido en el avión desvencijado que les trajo desde Francia al principio de la contienda, cuando la guerra todavía era sólo la revolución de un pueblo oprimido que luchaba por su propia libertad. Nadia dudaba que la victoria caería de su lado. Románticos, idealistas, soñadores todos, incluso ellos mismos. Ninguno de los dos sabía español, él no hablaba ni una sola palabra de inglés y su francés estaba salpicado de incorrecciones. A pesar de todo, fueron capaces de entenderse con el lenguaje universal de los gestos y las sonrisas. El fotógrafo se comportaba como si poseyera el mundo entero; caminaba a zancadas, comía mucho, bebía todavía más y amaba incondicionalmente a la pequeña pelirroja que no se apartaba de su lado más que para apretar el disparador de la vieja cámara que llevaba colgada al cuello. Ambos tenían la mirada dura de quien ha vivido y sufrido demasiado, pero sus ojos se dulcificaban cuando se miraban. La pelirroja se convertía entonces en una princesa de cuento y el hombre rudo desaparecía hasta ser, simplemente, un hombre enamorado. Cayó rendida a su encanto, como casi todas las mujeres con las que se cruzaba, sabiendo que jamás tendría ni la más mínima oportunidad con él. En realidad, tampoco lo deseaba.

Cubrieron juntos las primeras escaramuzas y juntos celebraron también las pequeñas e insignificantes victorias que les animaban a seguir adelante, siempre hacia adelante. Cuando sus caminos se separaron, ambos se habían hecho un hueco en el panorama periodístico del momento y habían perdido a algunos amigos de trincheras y diarios. Martha supo que la pelirroja había muerto antes de que la noticia saliera impresa en los titulares y los compañeros empezaran a llamarla “heroína”. En aquellos días confusos de tiroteos y abandonos, el fotógrafo andaba cubriendo otras noticias lejos de allí. Por eso murió sola, preguntando por su cámara y no por él. Se fue en silencio, en un borbotón de sangre que le robó el color y la vida, sin saber que acababa de convertirse en mártir y mito por obra y gracia de un tanque amigo. La ironía, qué hija de puta.

Martha alcanzó a despedir su ataúd en la estación, antes de que saliera de vuelta a la única ciudad que siempre llamó “hogar”. De pie frente a la caja de pino tosco, con su nombre escrito de forma irregular sobre la tapa, buscó un rastro del antiguo rencor que alguna vez sintió por ella y no encontró ni siquiera el recuerdo. No lloró, había aprendido a guardar las lágrimas para cuando le hicieran falta, pero cantó bajito, tropezando con las palabras, la canción de trinchera que tanto le gustaba: “Si me quieres escribir, ya sabes mi paradero, Tercera Brigada Mixta, primera línea de fuego…” Días más tarde, alguien le contó que las calles de París se habían atascado de gente que quería decirle adiós y el fotógrafo, roto por la traición y la pena, había seguido la comitiva con los ojos secos y los puños apretados. De todos los que allí había, sólo él la había perdido de verdad, sólo él la había conocido como era en realidad. Cuando cerraron la tumba, modesta y gris, tan poco ella y tan del momento que vivían, le lanzó un beso apresurado y salió del cementerio sin prestar atención a pésames ni curiosos. En un bar cualquiera, se bebió la pena hasta perder el sentido y el camarero, que lo conocía por sus reportajes, se encargó de llamar a la revista para que alguien lo recogiera y le devolviera a la vida. Quiso la suerte, ya fuera buena o mala, que Martha contestara la llamada.

– Mejor no le dejen solo, parece que busca matarse a golpe de alcohol – le dijo antes de cerrar la puerta del coche en el que se lo llevaba-. Pobre hombre, cuánto dolor se está tragando…

Lo dejó en casa de Henry, que prometió curarle la resaca y las heridas del cuerpo.

– De las que lleva en el alma y la mente, Martha querida – le dijo con su acento francés de alta cuna-, no creo que se recupere jamás.

– ¿Y quién de nosotros será capaz de hacerlo? – contestó ella antes de darle un beso distraído y marcharse en busca de la próxima noticia.

No habían vuelto a verse. Habían pasado dos años y varias vidas desde aquel momento y lo cierto es que le había echado de menos. Añoraba al compañero alegre y optimista, al loco insensato capaz de salir del agujero para fotografiar el ataque de los aviones alemanes sin que le rozaran un solo pelo, al incansable cazador de historias e imágenes. Al verle entrar aquella noche, su primer impulso fue mirar hacia otro lado. Sin embargo, sus ojos siguieron el avance del fotógrafo entre la gente y se escuchó gritando su nombre sin éxito. Quiso creer que no le había oído, que su voz se la había tragado el sonido de las conversaciones y las risas ajenas, porque lo contrario le habría dolido demasiado. Le miró, hipnotizada, mientras hablaba con el camarero y también después, cuando buscó refugio en el rincón más apartado para celebrar su propia fiesta privada. Ajeno a todo, pero atento a cualquier cosa que pasara. ¿Qué le diría si, de repente, se le plantara delante como el fantasma de las navidades pasadas? ¿Qué sentimiento elegiría fingir: no reconocerla o alegría por volver a verla? Y, por encima de todas las preguntas que se le cruzaban por la cabeza, ¿quería las respuestas?

Las quería. Por eso dejó el vaso sobre la mesa de madera y, sin despedirse de su acompañante aquella noche, cogió el abrigo y su bolso y atravesó la marea humana del bar a trompicones. Casi todo el mundo la conocía, era imposible que pasara desapercibida con su altura muy por encima de la media y su brillante cabellera rubia de sol. Martha por aquí, Martha por allá, ven que te invito a una copa, dónde vas tan sola y con tanta prisa, chica no hay quien te vea… Repartió excusas y sonrisas sin prestar atención, atenta a la planta detrás de la que se escondía el fotógrafo. Cuando por fin consiguió dejar atrás a la gente, se detuvo. Contempló su imagen en el espejo picado de detrás de la barra, retocó el peinado y repasó el rojo furioso de sus labios. No estaba mal, más mayor, mucho más cansada y definitivamente descreída en el amor y sus demonios, pero seguía siendo ella porque, en esencia, algunas cosas nunca cambian. Respiró hondo y, con paso seguro, recorrió el espacio que les separaba. Apartó las ramas de la planta y le saludó.

– Hola, Bob, cuánto tiempo sin verte.

El fotógrafo levantó la mirada de la punta de sus zapatos y trató de enfocar la figura femenina que le saludaba con tanta familiaridad. Aquel tono británico de alta sociedad, el brillo del pelo y la sonrisa perfecta, demasiado perfecta para ser real…

– ¿Martha? ¿Eres tú, Martha? – preguntó, arrastrando las palabras.

– La misma. ¿Cómo estás? – El fotógrafo dejó la botella, casi vacía, en el suelo y se frotó la cara con las manos. Después la miró de frente, de arriba abajo, inclinando un poco la cabeza, como si quisiera asegurarse que realmente estaba allí. Y sonrió, lenta, perezosamente. Intentó levantarse, pero no fue capaz, el vino pesaba más que su instinto de caballero andante, y se conformó con cogerle una mano entre las suyas y besarla con elegancia. A ella se le aflojaron las rodillas y sintió que el corazón, dormido durante tanto tiempo, despertaba de nuevo.

– Bien. No, mejor, mucho mejor ahora que te tengo aquí. Siéntate, por favor, y bebe conmigo – le señaló una butaca vacía a su lado, esperó que se sentara y le ofreció la botella recién descorchada-. Lo siento, no tengo vasos.

– Como si nos hicieran falta… – contestó ella, cogiendo la botella para echar un trago que la confortara. La fuerza del vino le hizo toser-. ¿Pero de dónde has sacado este matarratas?

– No hay whisky, el racionamiento, ya se sabe… – imitó al camarero y la hizo reír.

– Yo tengo whisky, irlandés, del bueno.

– ¿Y dónde guardas ese tesoro, si puede saberse?

– Donde se guardan los tesoros: en mi habitación – El fotógrafo la miró fijamente, quizá por primera vez desde que se habían encontrado, y se preguntó qué buscaba, dónde iría a parar, si valía la pena seguirla. ¿Qué tenía que perder? Nada. Cuando no tienes nada que perder, puedes arriesgarlo todo.

– ¿Vamos? – preguntó. Martha dudó un instante, apenas el tiempo que iba de una respiración a otra, y respondió poniéndose de pie.

– Vamos.

Juntos, muy cerca pero sin tocarse, se alejaron camino de las escaleras que llevaban a las habitaciones. En el bar, algunos hombres se quedaron mirándoles hasta que los perdieron de vista.

– Maldita sea mi estampa, no hay nada que hacer. Cuando aparece él, los demás nos hacemos humo – comentó uno de ellos.

– Como decía mi padre, que en Gloria esté, suerte mulana, jefe – contestó el camarero-, suerte mulana.

 

Conoce a su autora

Me llamo Mª José Hernández Fernández, vivo en Montmeló y tengo la friolera (¡jaja!) de 49 añazos. Muy bien llevados, digo yo, pero ahí están todos ellos. Ando trasteando por Facebook como Jo Hernández, por Instagram como @mjo71 y en Twitter me encontraréis bajo el nombre de @mjose_71. Como ahora mismo estoy a la espera de que se publique mi primer libro de relatos, ”Punto de partida”, me abrí una página especial en Facebook (María José Hernández – Punto de Partida)  y un nuevo perfil en Instagram (punto_de_partida_mjh) para promocionarlo, porque como a mí me conocen en mi casa y poco más, pues me he propuesto hacerlo llegar a tanta gente como sea posible, aun corriendo el riesgo de ponerme pesada. Podéis encontrar mi libro en Amazon, Casa del Libro y la web Libros Indie.

También tengo un blog en el que voy publicando relatos o esas filosofadas que, en un día tonto, se me ocurren y me apetece compartir con quien quiera leerlas: https://mjosehf.blogspot.com. Lo cierto es que he escrito toda mi vida; no se me ocurre mejor vía de escape que ponerme delante de una página en blanco y dejar que surjan las palabras, y durante el año pasado fue mi tabla de salvación durante los meses más duros de confinamiento. Sonará exagerado pero la literatura, la creada por otros y la que fui creando yo, me salvó muchas veces de hundirme por completo. Los relatos del libro nacieron en esos meses tan surrealistas, así que tampoco me voy a quejar mucho, porque conseguí sacarle un rendimiento.

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