Tráfico final

Tráfico Final

La clase transcurría con total normalidad a pesar de que el final del curso escolar estaba próximo y los estudiantes estaban un poco más distraídos que de costumbre.

No era de extrañar ver cómo algunos alumnos se pasaban la clase mirando el móvil o echando un vistazo a través de la ventana.

Hacía un día tan espectacular en el exterior que las pocas ganas de estar en clase después de la comida eran cada vez mayores.

Esas horas lectivas eran muy pesadas para todos, profesor incluido. Y es que se notaba que el ritmo de la clase descendía cuando llegaba el turno de tarde.

Además, aquel día tocaba repasar derecho tributario, por lo que los ánimos y la concentración brillaban por su ausencia.

Entre aquellos alumnos que miraban por la ventana y pasaban por alto los artículos que el profesor leía en la presentación de la pizarra destacaban Luis y Roberto.

Eran inseparables desde que habían cursado la ESO. Ambos soñaban con alcanzar un buen puesto de trabajo que les permitiera tener una vida cómoda, aunque la actitud de aquel día invitaba a pensar lo contrario.

Hubo algo en el exterior que llamó la atención de Luis, que rápidamente hizo el intento que dar un codazo a su amigo para que mirase en su misma dirección. Pero lo que más le sorprendió fue que al elevar el brazo sólo encontró aire.

Roberto estaba en el otro extremo de la fila hablando con Sonia. El don Juan siempre buscaba cualquier excusa para acercarse a ella.

Con un siseo que hasta para él mismo apenas se escuchó, trató llamar la atención de Roberto; no había forma de llamar su atención, así que volvió a intentarlo con un poco más de fuerza.

Fue en ese momento cuando Roberto pareció salir de la burbuja en la que se encontraba, dejando de mirar de manera absorta los ojos marrones de Sonia.

Volvió junto a Luis, y con un gesto claro de desaprobación, miraron para el mismo lugar.

Se trataba de una azotea que se encontraba en las proximidades de la universidad. Hubiera pasado desapercibida de no ser porque había una mujer de mediana edad con aspecto de preocupación y dando vueltas en círculos.

Su actitud era bastante extraña, y eso hizo que sobre todo Luis se pusiera en alerta, ya que llevaba un rato mirándola y no había parado de repetir el mismo patrón.

  • No le des importancia. Seguro que no soporta el calor y está haciendo algún tipo de danza de la lluvia – Comentó Roberto en un claro torno de sorna, pensando con amargura que había dejado de hablar con Sonia para ver a una mujer dar vueltas en una azotea.

Por un momento ambos rieron, pero entonces todo cambió en segundos: la mujer dejó de moverse, y sin vacilar se dirigió hacia la cornisa de la azotea, precipitándose al vacío.

Ambos soltaron un alarido que sobresaltó a toda clase. Hasta habían despertado a un par de alumnos de la última fila que estaban cerca de sucumbir a Morfeo.

Rápidamente el profesor interrumpió la clase para saber por qué habían gritado, pero los jóvenes apenas pudieron balbucear un par de palabras, incapaces de explicar lo que habían presenciado.

Pasados unos segundos, uno de los alumnos logró sacar su teléfono y marcó el número de emergencias mientras el otro le explicaba al profesor y al resto de los alumnos lo que había visto.

Aún incrédulos, y al cabo de unos minutos, oyeron el sonido de las sirenas de una ambulancia y de la policía, que rápidamente habían acudido al lugar de los hechos, alertados también por algunos viandantes que habían tratado de reanimar sin éxito a la mujer que se había precipitado al vacío.

Terminadas las clases y aún con el susto en el cuerpo, Luis y Roberto se disponían a volver a sus casas después de un día demasiado largo, no sin antes pasarse por el lugar en el que todo había ocurrido. Aunque lo hacían más por curiosidad que por otra cosa, sentían la necesidad de tener que acudir a ese lugar.

Aunque aun quedaban signos visibles de lo que allí había ocurrido, la verdad era que se habían apresurado a dejarlo todo lo más limpio posible; era una zona bastante transitada.

La calle daba a una plaza en la que muchos vecinos hacían vida en los días de verano, y es que con la cantidad de terrazas que había en la plaza, el bullicio es casi constante en esos días en los que la gente alargaba un poco más su estancia en la calle y unía un día de playa con una cena.

El vistazo fue rápido. No habían pasado ni dos minutos cuando ya pretendían volver al plan inicial.

Pero alertado por algo extraño que Luis no lograba identificar, pudo ver que tras unos escalones que daban acceso a la parte de atrás de la universidad una pulsera con un adorno de metal.

Atraído por su característica brillo, Luis se acercó mientras pensaba había pertenecido a aquella mujer.

No tardó demasiado en descubrirlo, y es que en la pulsera había algunas manchas de sangre que Luis se dispuso a limpiar sacando un pañuelo de su bolsillo.

  • ¿Qué haces tío? No se te ocurrirá quedarte esa pulsera, ¿no? – Le reprochó Roberto sabiendo perfectamente que la intención de su amigo era precisamente esa.
  • ¡Por supuesto! Ella no la va a necesitar, además me gusta cómo me queda – Replicó Luis mientras una sonrisa macabra se le dibujaba en la cara.
  • ¡Estás mal de la cabeza tío!

Como si nada hubiera pasado continuaron su camino, tratando de seguir con sus vidas ajenos al recuerdo que para siempre les quedaría.

Los días se fueron sucediendo, y el final del curso académico estaba cada vez más cerca.

Por suerte para ellos habían llevado el curso al día, y hacer los exámenes no les supondría ninguna dificultad.

A fin de cuentas, habían trabajado duro para tener el primer verano como universitarios libres y hacer alguno de los viajes que habían planteado.

Como de costumbre en esos días, Luis se pasaba la mayor parte del tiempo en casa de Roberto, y es que el hecho de que tuviera piscina era un atractivo más que suficiente como para estar en su casa.

Tampoco era de extrañar que más de un día organizasen una fiesta cuando los padres de Roberto salían.

Los primeros días de verano fueron un poco raros para Luis. No terminaba de encontrarse con fuerzas, y llevaba varios días sin descansar bien debido a una serie de pesadillas que le hacían casi imposible conciliar el sueño más de dos horas seguidas.

Buscando relajarse y alejarse de todo lo que le había pasado en los últimos días, le pareció una buena idea tomar un rato el sol en su azotea. A fin de cuentas, no podía estar todo el verano metido en casa de Roberto.

Después de lo poco que había dormido en los últimos días, y que achacaba a que se debía al estrés que había sufrido durante todo el semestre, Luis se disponía a pasar una tarde leyendo y, a poder ser, durmiendo una buena siesta.

Pero parecía que algo se lo impedía, y es que era incapaz de estar sentado, una sensación extraña lo invadía; no podía soportar aquella angustia que se apoderaba de él a cada segundo.

No podía parase. Estaba cada vez más intranquilo, mortificado, y el dolor pasaba a ser más insoportable cuando la pulsera que días atrás había cogido empezó a apretarle y causarle aun más dolor.

En ese momento, su mente se despejó y cuando lo llegó a comprender, lo único que alcanzó a hacer fue acercarse a la cornisa de la azotea y precipitarse al vacío.

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