El aburrido proceso de zombificación

El aburrido proceso de zombificación

Perdí la ilusión por diseccionar zombis en mi décimo tercera autopsia. Las doce ocasiones previas las había vivido con un cosquilleo que nacía en el estómago y me llegaba hasta la nuca, una sensación mezcla de expectación, nerviosismo y, por qué no admitirlo, miedo a que el cadáver se abalanzara sobre mí para devorarme hasta el alma.

Y eso que los cuerpos diseccionados carecen de cabeza.

Aun así, esa parte irracional de tu ser chilla cuando empuñas el bisturí contra la pútrida piel. Te exhorta a que huyas bien lejos una vez le claves el dichoso instrumento hasta el mango.

Fue tras esa décimo tercera disección cuando maté a mi primer zombi. Sé que la juventud tiene un único objetivo en mente. Bueno, dos en verdad, aunque solo uno de ellos es producto de los tiempos que vivimos. Estoy seguro de que todos los presentes habéis fantaseando o imaginado cómo será, porque tened por seguro que ocurrirá, la primera vez que matéis a un zombi. Todo el mundo se imagina a sí mismo como el héroe de una épica historia con final feliz, pero dejadme que os cuente que casi nunca es así.

Lo sé, sé que esta no es la historia que queréis escuchar, pero tened paciencia porque toda lección es válida y todo lo que voy a contaros importa.

Como os decía, durante mi décimo tercera autopsia, me sumí en un pozo de apatía motivado por la pérdida de mi afán de conocimiento. En su lugar, la sensación de rutina, familiaridad e incluso tedio guiaban mis manos mientras escindía el tórax de lo que antes fuera un señor de avanzada edad y me apartaba para esquivar los hedores de la no muerte.

Tardé unos minutos en percatarme de que nuestro profesor había comenzado su diatriba sobre los cuatro estados por los que pasaba una persona infectada: desde la etapa A, en la que seguía siendo humano y la infección no había alcanzado al cerebro, hasta la Z. Era la tercera vez que explicaba en aquel año y con todo lujo de detalles el proceso de zombificación, algo que para mí ya se había convertido en una insufrible chufla y que, sin embargo, recuerdo palabra a palabra como si me lo hubiese grabado con el bisturí que sujetaba con desgana.

—El conocimiento es nuestra arma más poderosa para combatir esta plaga que asola el mundo —argumentaba mi profesor—. Es mucho lo que ignoramos del proceso de zombificación y, en cambio, sabemos infinitamente más que nuestros padres y abuelos, pues al comienzo de la plaga se luchaba por sobrevivir, mientras que ahora luchamos por acabar con ella.

»Para nuestros abuelos, los zombis eran entes de los que huir, para nuestros padres, seres a los que combatir y para nosotros, enfermos a los que estudiar. Ahora conocemos parte del proceso que convierte a una persona en zombi, la infección parasitaria que arrasa el cerebro, apagando algunas de sus zonas y modificando otras, convirtiéndolo poco a poco en un ser que solo piensa en comer y propagar su forma de vida. Este último es el verdadero objetivo del parásito cuando llega al cerebro humano, lo convierte en un títere cuyo único afán es mantenerse en pie, morder a otro humano y así transmitir las larvas anidadas en la saliva para expandir su colonia de huéspedes parasitarios.

No recuerdo mucho a partir de aquel momento, solo palabras que me llegaban aisladas y que yo asociaba al repetido discurso de otras veces mientras jugueteaba con el bisturí en mis manos. Por eso di un brinco cuando el profesor apoyó las manos en mi pupitre y escupió una pregunta que no llegué a entender.

—Yo… esto… ¿puede repetir la pregunta?

—Parece que mis palabras no son de su interés —acusó con un leve temblor del labio—¿Podría decirnos las características de un zombi tipo X?

—Si…claro…las sé.

—Estoy seguro de que si no prestaba atención es porque se las sabe al dedillo.

La cara del profesor empezó a adquirir un tono rojizo mientras tamborileaba con los dedos sobre mi pupitre, en espera de una respuesta. O de una confesión.

Me armé de valor y lo miré a los ojos mientras rumiaba una salida de aquel atolladero. Abrí la boca para enumerar la retahíla de cualidades destacables de los zombis y solo salió un pequeño ronquido que, por suerte, pasó desapercibido ante el resto de compañeros. Tuve que aclarar la garganta varias veces para que volviera a cumplir con su función.

—Higiene descuidada, heridas sin curar, falta de entendimiento, partes del cuerpo que parecen no responder a los deseos del individuo…

Verbalizar aquellos síntomas fue lo que me empujó a fijarme en el ojo derecho de mi profesor, ya que parecía no enfocar en la misma dirección que su ojo izquierdo. Era raro que no me hubiese percatado de aquella característica de alguien con quien pasaba unas siete horas diarias, de hecho, era aún más raro que nadie de clase lo hubiese mencionado, dado a cómo eran los compañeros a resaltar cualquier aspecto del que se pudiese sacar un mínimo de burla.

Aquel ojo me inquietaba, tanto, que volví a caer en el error de dejar de prestar atención a las palabras de mi maestro para sumergirme en una honda inspección y comparativa de sus globos oculares. Mi insistencia tuvo a los pocos segundos su recompensa, pues dicho ojo giró lenta, pero inexorablemente, hacia la parte superior del párpado hasta perderse por el interior de la cuenca, mientras el ojo sano y el dueño de ambos, continuaban impasibles, mirándome.

El movimiento me provocó una nausea en la boca del estómago y amenazó con avanzar en busca de una salida, pero un quejido nacido del miedo la bloqueó.

—¿Se encuentra bien, González? —preguntó el profesor, ajeno al pavor que él mismo me estaba ocasionando.

Por su parte, el ojo seguía vuelto del revés, ofreciéndome solo una capa blanca surcada de pequeñas grietas carmesí y confirmando lo que unos segundos antes sospechaba. Solo había algo que podía provocar aquel comportamiento, algo para lo que llevaban preparándome desde que comencé la escuela.

Le atravesé el ojo con el bisturí.

Ese ojo que ya no era suyo y que presagiaba muerte y contagio. Un ojo que cedió provocando infinidad de gritos: de su dueño, de los compañeros de clase y los míos propios. Seguí empujando el bisturí mientras el coro de terror se intensificaba, hasta que su cráneo frenó el avance de mi puño.

Entonces giré la mano.

Las enseñanzas sobre defensa eran y son claras en ese aspecto. No basta con clavar un elemento punzante, hay que provocar una hemorragia, cortar, hacer el mayor daño posible. Y vaya que si lo hice, tanto que el maestro cayó de espaldas fulminado, dejando como recuerdo el ojo delator trinchado en mi bisturí y una imagen mental imposible de borrar en la retina de todos los alumnos de clase.

La euforia eclosionó en mi pecho, aunque su efecto se esfumó cuando los compañeros me contaron lo que yo no había escuchado de labios del profesor.

En su discurso, el maestro había confesado saberse en estado avanzado de infección por mordedura de un zombi X. También había relatado que iba a pasar los días que durase la fase B, en la que se encontraba, contando su experiencia a las diferentes clases de la escuela del refugio para ayudar a reforzar la necesidad de mantenerse siempre alerta ante cualquier persona que encontrásemos y que no perteneciera a nuestra comunidad.

De esa forma fue como le arrebaté los dos últimos días de cordura a un buen hombre que solo pretendía advertirnos de los peligros que seguían representando los zombis.

Mi propio caso no dista mucho del de mi profesor, aunque espero que todos los aquí presentes estéis prestando más atención de la que yo puse en su día para que no me clavéis nada en ninguna parte. Reconozco que sería una muerte poética, aunque del todo innecesaria.

Yo también fui atacado por un X. Como su propia clasificación indica, los zombis en este estado son toda una incógnita. Nadie ha conseguido descifrar el proceso por el cual, una persona con un cerebro infectado llega a un estado en el que no siente nada más que hambre. Ni dolor, ni fatiga, ni sueño, los cuerpos se convierten en contenedores insaciables de carne humana, pero, a su vez, conservan el aspecto humano antes de que las heridas y el paso del tiempo acaben por marchitar su cuerpo y llegar al estado Z.

Es ahí donde reside parte del peligro, ya que son fácilmente confundibles con personas sanas, y más en estos tiempos donde es habitual encontrar a gente que haya pasado por grandes penalidades.

Además, estos seres mantienen algunos vestigios de las personas que fueron. Se han visto a X portando objetos cotidianos que nunca utilizan o realizando lo que serían acciones propias de las personas que fueron; también es sabido que muchos de ellos no se alejan nunca de lugares conocidos o habituales para ellos: hogares, oficinas, parques, etc.

Los más peligrosos son aquellos capaces de articular palabras. Fonemas que repiten sin ningún sentido, como si de loros se trataran, solo porque algún lugar del cerebro aún mantiene ese conocimiento. Los más astutos, o tal vez los más hambrientos, utilizan esta capacidad a modo de reclamo.

Esa fue mi perdición y el motivo de mis palabras. Siempre que encontréis a alguien que pueda estar necesitado de ayuda, primero intentad establecer comunicación con esa persona. No me refiero a que lo escuchéis pronunciar palabras, me refiero a un intercambio de frases, tenéis que cercioraros que la persona a la que os acercáis tiene esa capacidad de entendimiento, de comunicación, de raciocinio. De lo contrario, huid. Huid lo más rápido que podáis. Recordad que un X todavía mantiene la integridad física de cuando era humano y no parará hasta daros caza, porque no se cansa, no duerme, no respira, solo siente hambre.

Si yo hubiese tenido grabado a fuego esta lección, no me habría acercado a aquella niña sentada entre los escombros pensando que buscaba ayuda, no habría bajado la guardia acercándome a ella sin ninguna precaución, no habría acudido como Ulises atraído por los cantos de sirena cuando gimoteaba una y otra vez «¡Mami, mami, mamiiii!» y no estaría hoy aquí convertido en un B.

Cometí un error y ahora estoy muerto, al igual que lo estaba mi profesor antes de que introdujera el bisturí en su ojo. Lo que espero es que nuestras muertes sirvan para que aprendáis de ellas, para que la sociedad pueda ir, poco a poco, comiéndole el terreno a la horda de zombis que quieren comernos a nosotros.

Este avance solo será posible gracias al estudio y al conocimiento, nada de sangrientos ataques, batallas o exterminios. Esta infección que asola el mundo se debe combatir desde aquí, desde los laboratorios, por personas como vosotros, que comprenden los detalles de este inmenso y complejo problema.

Es gracias a gente como vosotros que hoy en día tenemos un suero capaz de ralentizar el avance de la infección de un tipo B a un tipo X. Es gracias a vosotros que poseo el honor de inocularme con dicho suero. Es gracias a vosotros que hay esperanza.

Así que, cuando dentro de unas horas, el suero corra por mis venas hasta llegar al cerebro, cuando me tumbéis en la mesa de operaciones y me induzcáis el coma, no quiero que dudéis, quiero que empuñéis el bisturí con firmeza, al igual que hice yo con mi profesor, y lo uséis para abrirme la cabeza y ver en directo como ese maldito parásito actúa en nuestro cerebro. Porque solo así, a través del estudio, haremos del proceso de zombificación algo histórico, extinto. Solo así, los niños podrán aburrirse en clase sin que le cueste la vida a nadie.

 

 

Conoce a su autor

– Autor: Ibán M. Sánchez Macanás.

– Twitter: @IbanMSM

Instagram: @iban.sanmac

Nacido en Murcia en 1985, me licencié en Ingeniería de Telecomunicaciones en Cartagena y desde entonces ejerzo como consultor informático. Una vida que, como en principio parece, poco o nada tiene que ver con la labor de dar forma a historias sobre blanco y negro. Sin embargo, un amor temprano por los cuentos y los tebeos han hecho que tenga una necesidad imperiosa de tener siempre un libro a medio leer y un sinfín de personajes, mundos y aventuras rondando por mi mente y a los que debo dar salida si no quiero que, al final, me invadan por completo.

Siempre he creído que escribir es como tener un superpoder: puedes provocar emociones en alguien solamente por leer aquellas palabras que tú has puesto en un orden determinado. Es una habilidad increíble y no pienso dejar de entrenarla.

1 comentario en “El aburrido proceso de zombificación”

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