Espejo del alma

Espejo del alma

«No es consciente de que lo puedo matar como a una rata asquerosa», pensaba delante de la carnicería de Matteo. A través de la única puerta de cristal contemplaba como un anciano hacía la compra. Uno a uno guardaba los paquetes en una bolsa de tela.

Suspiré resignado, el local tenía que estar vacío.

Escuché la voz de dos mujeres que se acercaban y querían pasar por mi lado. Una recomendaba la carne de cerdo. Estiré el brazo derecho sin girarme. Los pasos se detuvieron en seco y sin decir nada se alejaron.

Después de una espera que se me hizo eterna, el anciano ayudado de su bastón se aproximaba a la salida. Acudí de inmediato a abrirle la puerta. El chirrido metálico avisó de mi presencia. El rostro de Matteo se volvió pálido desde el mostrador. Solo logró emitir un balbuceo para despedirse de su cliente. Con un paso encorvado cruzó el umbral de la puerta. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sonrió y me dijo:

—¡Qué alegría verle por el barrio Don! Muchas gracias por ayudar a mi mujer.

—Benedetto, yo soy Giovanni, su primo.

—Disculpe, mi vista no es la que era.

Una vez el anciano se perdió por la acera, indiqué con la mano a dos hombres de mi confianza que me siguieran al interior. La puerta volvió a chirriar cuando la cerré. Pasé el pestillo con un golpe seco mientras con la otra mano apretaba el puño. Matteo salió rápido de detrás del mostrador. Le temblaban las piernas. Parecía que iba a venir a mi lado, pero se detuvo frotándose las manos. Se disponía a hablar cuando puse el dedo índice sobre mis labios. Esperé unos segundos en silencio. Disfrutaba de su respiración acelerada.

—Todavía recuerdo cuando tu padre llevaba el negocio. Siempre lleno de gente y dispuesto a fiar cuando lo necesitaban. ¡Y nunca se retrasó en un pago! Sabía que éramos una gran familia.

—Creía que la policía os había detenido.

Su voz se quebraba un poco más con cada paso que daba. Llegué a su lado y pude escuchar como tragaba saliva.

—Creías… Creías…

Le solté un puñetazo en la boca del estómago que le hizo tambalearse. De pie se cubrió con los dos brazos intentando controlar la tos. Hice un leve gesto con la cabeza y mi guardia ya sabía lo que tenía que hacer. El primer golpe en el rostro tumbó a Matteo. Se acurrucó en un vano intento de cubrirse de las patadas que recibía por todo el cuerpo.

Esperé unos segundos, disfrutando de cada grito de dolor ahogado. El sonido de una bota rompiendo unos huesos suena igual que el mazo de un juez impartiendo justicia. Antes de que perdiera el conocimiento, silbé y los dos hombres se detuvieron. Me puse de cuclillas al lado de Matteo. La sangre manchaba sus dientes. Lo agarré del pelo para incorporarlo.

—La policía no ha acabado con la familia. Seguimos siendo la ley.

Abrí la mano y su cabeza golpeó el suelo. Con un paso decidido me acerqué a la máquina de picar la carne. Parecía un embudo gigante con una pequeña salida circular. Veía mi reflejo en el color gris metalizado. Solo con girar una rueda el sonido de las cuchillas inundó el local. El suelo temblaba. Ordené que me acercaran al condenado.

Entre los dos lo levantaron de un tirón. Sujeto de cada brazo lo trajeron a mi lado. Di dos golpes a la chapa metálica y mis subordinados echaron el cuerpo dentro de la máquina. El rostro quedó a escasos centímetros de las cuchillas. Al momento las disculpas y suplicas de Matteo emergieron del interior.

No era suficiente.

Me asomé para acercar su cabeza todavía más a las cuchillas hasta que noté que estaba pisando sobre mojado. Al apartarme pude ver como se había meado encima. En ese momento, sabía que su voluntad se había doblegado. Nunca más se atrevería a ir contra la familia.

—Es suficiente.

Ante mis órdenes, lo tiraron al suelo.

—¡Ahora mismo le diré al Don que tendrá su dinero!

Salimos de la carnicería y me separé de mis hombres. Subí al coche y fui directo al despacho de mi primo. Debía saber que había un problema menos.

Al llegar me senté en una butaca roja oscura. No me gustaban porque parecía que me hundía en el asiento. Le conté al Don como habíamos dado una lección a Matteo. Ya no sería ningún problema. Él, con el rostro serio, asentía desde el otro lado del escritorio. Estaba más pendiente de los documentos que revisaba. Los ojeaba unos segundos y los clasificaba en montones. Cuando terminé de hablar dejó los papeles encima de la mesa y me miró con solemnidad.

—Giovanni, ya sabes que la policía nos tiene acorralados y las otras familias reclaman nuestros territorios. Necesito que te infiltres en un hospital haciéndote pasar por paciente.

—Lo que sea por la familia.

—Sabía que podría confiar en ti. Vamos al dormitorio, te está esperando el médico para ponerte la anestesia. Haremos ver que te han encontrado inconsciente en la calle. Si te preguntan, no te acuerdas de nada. Estate atento a todo lo que dicen.

Al seguirle por el pasillo me percaté que no quedaba ningún cuadro en las paredes. Tampoco había rastro de los muebles. Seguro que tenía algo en mente. A pesar de todo, todavía trazaría un plan para salvar a la familia. Iba tras él sacando pecho. Confiaba en mí para una misión más importante que asustar a algún comerciante.

Al entrar al dormitorio solo había una cama con una sábana junto con el médico y el Consigliere de la familia. Me tumbé y el doctor abrió un maletín de cuero marrón. Buscó la vena de mi brazo izquierdo golpeando con dos dedos. Luego sacó tres jeringas que me inyectó una tras otra. Giré la cabeza y apreté los dientes.

No había pasado ni un minuto y el cuerpo me pesaba más. Intenté mover las piernas, pero creo que no lo conseguí. Me costaba mantener los ojos abiertos, hasta que no pude más. No sabía si era un sueño o estaba despierto cuando escuché la voz de mi primo.

—¿Piensas que funcionará?

—A pesar de la operación se darán cuenta de que no eres tú. Pero nos dará el tiempo suficiente para que puedas huir a Italia y rearmarnos. —dijo el Consigliere.

—Vamos, no hay tiempo que perder.

Tenía la sensación de que habían pasado varias horas. Poco a poco abrí los ojos. Llevaba una bata de hospital azul. Estaba solo en la habitación. El rostro me dolía como si Matteo me hubiera pegado la paliza. Pasé las manos por encima y acaricié unas vendas que envolvían toda la cabeza. El corazón se aceleró y me retumbaba en los oídos. No entendía nada. Fui a incorporarme cuando, de repente, entró a la carrera un hombre vestido con el uniforme de policía.

 

Conoce a su autor:

-Autor: Xavier Cano Ebrí

-Twitter: @Xavier_C89E

Nacido en Tortosa en 1989, ha vivido la mayor parte de su vida en Alcalà de Xivert (Castellón) y ha pasado los últimos años trabajando en Barcelona, Madrid y Castellón como ingeniero informático para el Ministerio de Ciencia e Innovación y el Ministerio del Interior.

En 2019 se adentró en el mundo de la escritura con un curso de escritura creativa y un blog de relatos cortos, pero enseguida se pasó a la novela. Terminada la primera historia, un thriller policiaco con tintes políticos. Continuó con dos cursos más orientados a la novela. Actualmente, está trabajando en un libro de género fantástico

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