El espíritu del lago

El espíritu del lago

—¿A qué es un paisaje encantador? —le preguntó la joven, pero Ricardo no respondió.

No debe quedar duda, sin embargo, de que sí era un paisaje encantador. Ambos estaban sentados al final de un muelle de madera, que se elevaba sobre el lago como la cabeza gigante de un cocodrilo durmiente, esperando el paso de alguna barcaza para morderla. Detrás de unas nubes diáfanas, el sol los observaba desde el portal del ocaso, tan escaso era su brillo, que podía verse a ojo desnudo su perfecta redondez, en un tono naranja violento.

—Mira que eres desconsiderado —insistió la joven—. La naturaleza nos brinda este espectáculo increíble, y tú… como un lirón…

De nuevo, Ricardo no respondió.

—La magia que habita en el lago, Ricardo, ¡Va a cumplir mi deseo! Eso te lo garantizo… la gente no cree en la magia, pero es porque no saben cómo funciona, entonces se frustran… pero… yo sé que debe hacerse.

A aquel muelle lo llamaban “El muelle de los besos”, y era en el pueblo harto conocido, que, si querías que un deseo se hicieran realidad; debías ir al muelle, lanzar una moneda al agua, y entregar a tu pareja un beso de amor verdadero. Al menos eso era lo que en el pueblo se comentaba.

—¡Una moneda! —se quejó la joven— Allá abajo debe haber una criatura muy poderosa, ¿Qué haría con una moneda? ¡Es un absurdo! —dijo, y una sonrisa que era a la vez felicidad y determinación tomó por asalto su boca.

» Quiero disculparme contigo, Ricardo —siguió— pero… ¡no tenía ninguna otra opción! Y sí, tal vez sea una locura disculparme contigo mientras duermes, pero cosas más locas han pasado en el mundo. Cosas… desagradables, cosas indecibles, cosas injustas.

La joven tomó una bocanada de aire fresco y echó otro vistazo al sol. Antes de seguir, antes de sincerarse con Ricardo, debía conseguir sosiego, debía estar segura de que quería dejar aquellas palabras abandonar su alma. Prosiguió:

—Cuando mi padre nos abandonó, era tan pequeña que no alcancé a enterarme hasta un año después. Fue en mi fiesta de cumpleaños; estaba cumpliendo 9. Le pregunté a mi madre, ¿Dónde está Papi? Y en un momento su cara se hizo la cara de una tragedia, su boca se contorsionó en formas que nunca había visto en un adulto, y entonces supe que algo andaba mal… pero no podía imaginar que lo peor estaba por venir. Dos años después, mamá conoció a “El cerdo” y…

Los ojos de la joven se anegaron de pronto, y su boca empezó a contorsionarse de una forma muy parecida a la de su madre, se sintió al borde de un despeñadero de llantos, y eso la hizo odiarse.

—¡No! —se dijo— ¡si vine aquí es precisamente porque no voy a ser igual! ¡No voy a ser una víctima! ¡Vine aquí a hacerme poderosa! ¡A reclamar el poder de la criatura del lago para acabar con todos los “cerdos” del mundo!

La joven cerró el puño con una fuerza tal que su brazo tembló, apretó los dientes, y siguió:

—“El cerdo” la golpeaba. No diré “a veces por las razones más absurdas” no diré “a veces incluso sin provocación alguna”, ¡porque no existe razón, ni provocación que justifique esa aberración! Mamá se entregó entonces a beber, y a intentar de mil formas complacerlo, y ganarse su simpatía. Era como si ese imbécil la había convencido de alguna forma de que era su culpa ser maltratada, y ella estuviese intentando redimirse… Estoy divagando… ¡estoy siendo débil de nuevo!

La joven cerró ambos puños esta vez, tratando de encender dentro de sí una violencia que era ajena a su carácter, pero que deseaba.

—¡No voy a ser una víctima! —rugió— anoche ese puerco se metió en mi cuarto, ¡en mi cuarto! Olía a anís barato, y me despertó su tambalear, y su pesada respiración de borracho… no me hizo nada… pero vaya que lo intentó… me manoseó… me mordió…me golpeó… Pero en este lago, en este lago vive una criatura poderosa, ¡capaz de cumplir tus deseos! ¡Es verdad, yo lo he visto! Hace años estaba sentada justo en este tablón, justo aquí donde acaba el muelle, y una pareja se acercó y lanzó una moneda. La criatura era apenas visible bajo las aguas turbias, pero yo alcancé a verla. Era un ser de torso humano, escamado, y donde debían estar sus piernas, estaba la cola de una serpiente larguísima.

—¿Qué? —preguntó Ricardo, que empezaba a despertar.

—Cariño, tenemos poco tiempo, se te está pasando el efecto.

—¿Qué?… ¿Quién?… ¿Qué es esto? —preguntó Ricardo, mientras los efectos de los narcóticos se disipaban.

—¡Tienes que ayudarme a hacerlo! —le reclamó la joven.

—¿Quién?… ¿Qué es esto? —insistió Ricardo, tocando el brazalete que tenía en el tobillo, sujeto a una pesada roca.

—¡La criatura no conoce lo que es el dinero! —le dijo la joven— ¿Qué diablos haría con una moneda?

—¿Qué? —preguntó Ricardo.

—¡Se está poniendo el sol! —advirtió ella— ¡Bésame!

La joven posó sus labios sobre los de Ricardo, y pateó la roca. Ella no estaba anclada a nada, más que al cuerpo del chico que en secreto amaba, y que no sabía siquiera de su existencia. Ambos se precipitaron rápidamente al fondo del lago, deslizándose entre las aguas turbias y heladas como sirenas nadando de revés, atadas por un beso tan tierno como macabro. Él murió casi al instante; estaba tan aturdido que respiró el agua a sus pulmones de inmediato. Ella llegó con vida al fondo, aún prendida a su cuerpo, a su boca; en el agua helada, el calor remanente del fresco cadáver de Ricardo era la única fuente cercana de calor y humanidad, la última brasa de bondad que se extinguía lentamente, diez metros bajo la superficie. Cuando el descenso se detuvo, todavía le daba a Ricardo el beso de la muerte. Abrió los ojos y llenó su tórax de agua, sintió de pronto un inexplicable frenesí, en el lecho del lago aguardaban secretos, aguardaba el cambio, aguardaba el poder.

—¿Qué quieres? —preguntó con una voz silbante el espíritu del lago.

—Quiero ser una criatura aborrecible y peligrosa, ¡Horrible e indeseable!, ¡amenazante y temeraria! Una criatura a la que nadie se atreva tan siquiera a acercarse, una que nunca llore acurrucada en el rincón, ¡quiero ser como tú!, un monstruo peligroso, ¡y quiero poder manifestarme frente a la gente! Y hacer daño a todos los que hacen daño, quiero poder manifestarme ante ellos como una entidad deforme, horrible; capaz de helarles la sangre solo con mi presencia, y acabar con sus vidas a mi voluntad, si considero que lo merecen.

Un silencio de panteón se apoderó del lecho, y de pronto unas fuertes pulsaciones empezaron a irradiar, hacían vibrar el agua.

—¡Lo serás! —respondió el espíritu presentándose ante ella.

 

 

Conoce a su autor

-Autor: Luis García

-Twitter: @luis_nava23

Escritor venezolano residenciado en España, nacido el 24 de noviembre de 1986. Su primera novela “Nero” ganó el premio Watty2022 en la categoría “Terror”.

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