Beber y morir en Roma

Beber y morir en Roma

La primera y única vez que estuve en Europa fue en el ochenta y cuatro; aquel verano aciago en que estuve a centímetros de perder la vida. Como había planeado llegué a Roma un día martes por un trabajo especial del periódico. Aunque en realidad, y a propósito de que tenía ideas suicidas a cada tanto, trasnochaba y bebía demasiado, había sido yo mismo quien urdió un plan para ser enviado como corresponsal a cubrir de primera mano el misterioso caso de: Emanuela Orlandi, la quinceañera hija de un funcionario de la Santa Sede que había desaparecido sin dejar rastro. Se presumía secuestro, pero al momento de mi llegada nada se había sacado en claro.

Veintinueve años tenía entonces, y al menos tres me había gastado ahorrando para casarme con el amor de mi vida, pero para mí fortuna o desgracia, tuve que desistir a fuerza, porque por un descuido de Francesca descubrí que se acostaba con “El Negro” (mi mejor amigo). Convencer a mi jefe de que me mandara a Italia no fue muy difícil, por mi ascendencia estaba seguro que aparte del inglés (que dominaba a la perfección) hablaba italiano, y en solo un par de semanas autorizó mi escape a Roma, con la condición de que fuera enviando cuartillas a medida que averiguaba cosas. En Italia estaría algunos pocos días; los que alcanzaran mis ahorros, mi jefe era un oportunista y encima, guardaba la firme ilusión de que en esos pocos días habría un desenlace del famoso caso. Por eso no exigí viáticos, acaso negocie algo para el boleto de avión y esto, lo hizo soñar en colores con que daría el tubazo en las narices de la competencia.

Ayudado por un joven marroquí que cargaba mi maleta más pesada, y al que el sofocante calor parecía traerlo sin cuidado, llegué a un hotel llamado “Villa Donna” que se ubicaba muy cerca del Coliseo. Cuando el joven colocó el equipaje a mis pies me hizo entender en su dromedario inglés que ese hotel me convenía. A diferencia de los demás, en la tarifa (casi la misma de los otros de esa cuadra) estaban incluidas dos comidas, y como calculaba pasaría al menos tres semanas, opté por prestarle atención, pero apenas entré algo que ahora atribuyo a un sexto sentido; a pesar de no ser supersticioso, me indicó no debía de quedarme. Sentí una cosa inexplicable, una suerte de incomodidad en el cuerpo que jamás había sufrido. Una vez pagué al muchacho volteé instintivamente al Lobby que estaba repleto de gentes muy blancas; la mayoría pelirrojos pecosos de grandes y torcidos dientes. Advertí estaban varados por alguna razón y mientras les asignaban cuartos, se habían acomodado atropelladamente donde podían luchando con el infernal calor y dando cabezazos para no caer dormidos allí mismo. Aquello también lo tomé como mal presagio, pero lo que en realidad me hizo desistir, fue la expresión de un joven que no debía de pasar los veinte años, al cual le observé características latinas. Era delgado, moreno, de largos cabellos oscuros, y a simple vista se notaba que mediamos lo mismo; un metro con setenta. Tenía algunos granos y unos lentes de aumento tan gruesos, que sus ojos parecían estar sepultados a metros de su rostro. Sus cejas eran gruesas y lucía un bigotito que solo le había visto a Pedro Infante y los demás galanes de la época de oro del cine mejicano, quienes parecían turnarse ese mismo bigote cuando les tocaba rodar escenas. El joven se asomó al Lobby vistiendo ropas de faena: un maltrecho gorro alto, pantalón y camisa negros, un delantal blanco manchado de salsa por todos lados y para finalizar, calzaba botas rojas Converse también salpicadas de salsa, que, sin duda, lo acusaba de trabajar en cocinas. Como mi italiano (aparte de ciertas groserías y los típicos saludos) era inexistente, le pregunté en ingles si hablaba español; me convenía que sí, pues tendría a quien acudir para pedir referencias; indicaciones básicas como dónde ubicar los bares más baratos. Para mi fortuna lo hablaba con la fluidez de cualquier latinoamericano. Tampoco necesité preguntarle de qué país provenía porque al advertir el trópico en mí, dejó de contar con el índice al grupo de turistas, y con ojos muy abiertos exclamó: «¿Que hacés, Che? ¿Por qué me hablás en gringo, de dónde venís?» En pocas palabras le expliqué por qué estaba allí, y con picardía me respondió que los venezolanos éramos unos re-suertudos, teníamos las mujeres más macanudas; las más hermosas «y los peores mejores amigos», pensé.

Luego preguntó cuánto tiempo pensaba quedarme, y como no supe responder de inmediato, acotó: «Che, acá no, ¿eh? Acá no te quedés». Como era lógico pregunté a qué se refería, y evadiendo la pregunta dijo que a media cuadra estaba el “Palazzo”, era casi igual, pero más amplio, limpio y cómodo. Además la comida era mejor. Que le hiciera caso, que no por nada daban allí dos golpes gratis, y finalizó diciendo que el Palazzo era incluso más seguro. Como a parte de lo que había escuchado a los abuelos y lo poco que había leído en libros de historia no sabía mucho de Italia, aunque algo sí de Roma; además por puro Caribe, asumí se refería a que allí robaban a los turistas, y esa fue la última excusa que necesité para irme, no sin antes preguntarle con mi mejor cara de victima su nombre, e invitarlo a tomar algo al día siguiente. Le dije que no hablaba italiano, y si no le molestaba demasiado, me vendría bien la compañía y guía de alguien que sabía cómo era aquella ciudad. Me miró raro a través de los espesos cristales de los lentes, y le advertí una cicatriz de algunos cuatro centímetros en su pómulo izquierdo.

Cuando dejó de verme extraño me dio unas palmadas en el brazo, y dijo que por supuesto, que estaba a mi orden, se llamaba Matías Lombardi, y tendría mucho gusto en tomarse unas buenas cervezas, un Sambuca, un Fernet o lo que hiciera falta; estaría libre a partir de las siete de la noche.

Pese a que venía demolido mucho me costó conciliar el sueño en la pequeña habitación que me asignaron en el tercer piso del Palazzo. Durante toda la noche tuve la sensación de escuchar rugidos de tigres y leones a mi alrededor, que me hicieron pensar había retrocedido en el tiempo hasta la época de Nerón, y entre el ruido y el calor sofocante, mi primera noche en Roma fue todo menos agradable; acaso memorable en el mal sentido. Al otro día salí temprano después de haber tomado un café y dos croissants. Daría unas vueltas por ahí y como cualquier turista, me tercié al cuello la cámara asignada por el periódico y las gafas Ray-Ban de aviador. Apenas al doblar la esquina tropecé con un espléndido jardín zoológico, y entendí no solo que de allí provenía la fuente de mi insomnio, además, comprendí aquel lugar me auguraba muchas horas más sin dormir. «Bueno, al menos estoy en Europa», me dije dándome ánimos, pensando que a menos que surgiera alguna otra cosa, la solución al conflicto estaba en acostarme borracho. Como era cierto no me interesaba el caso de la joven desaparecida, me dediqué a caminar sin rumbo fijo evitando las masas de los turistas reales, al tiempo que trataba de no pensar en Francesca y su puto Negro, al cual, la verdad sea dicha, no tuve el valor de molerlo a golpes.

Cuando estaban dando las cinco me hallé exhausto de tanto andar y como escasamente había comido dos cuadrados de pizza, nada me apetecía más que aquellas cervezas que me había prometido con Matías, y decidí pasar por su hotel para confirmarle que estaría allí a las siete, pero mi sorpresa fue grande al llegar y ver parqueadas al frente dos ambulancias y una patrulla de policías. «¡Mierda! Aquí pasó alguna vaina arrecha», me dije al mirar el movimiento, y como cualquier otro transeúnte me acerqué a tratar de averiguar algo. Para mi decepción no logré entender nada de lo que hablaba el personal del hotel con los policías, y me aventuré a preguntar en ingles a una mujer paramédico que tenía cara de amable. Mentí a medias diciéndole que tenía un amigo allí, y me respondió que había sucedido un envenenamiento colectivo.

¿Envenenamiento? Me pregunté enseguida y como sin darme cuenta, se me activó aquel instinto dormido de reportero, y como quien no quiere seguí indagando. Me había parecido raro que hubiera utilizado el término “envenenamiento” y no intoxicación o algo por el estilo, pero como no me dijo mucho más, saqué algunas hipótesis por mi cuenta; y aunque me pasó por la mente entrar a buscar a Matías, pensé no era el mejor momento.

Pese a que murieron siete de los quince turistas llevados a emergencias, las autoridades trataron de cubrir rápido el lamentable accidente (como lo llamaron) para que no generara demasiado alboroto; de hecho, me enteré del número de fallecidos por una pequeña reseña de un diario local que me obligué a entender. La cosa me pareció extraña; muy extraña, pero como me hallaba en una de las ciudades más turísticas del mundo imaginé así se manejaba cualquier noticia de ese tipo. Al hotel Villa Donna volví dos días después, cuando calculé todo estaría apaciguado, y apenas al entrar, me sorprendió que la sensación no era de tensa calma, sino de total normalidad. Los huéspedes se paseaban con naturalidad y el movimiento del personal era igual al que había visto el día de mi llegada. En recepción pregunté con mi mejor sonrisa si Matías estaba libre o de turno, y enseguida noté que no sabían a quién me refería. «Matías Lombardi, el argentino de lentes, el que trabaja en la cocina», repetí en mi correcto inglés. La mujer me vio como si estuviera loco y tras una breve pausa en que se miró con su compañero, agregó no sabía de qué hablaba. En la cocina había solo tres personas y ninguna era argentina; además eran viejos e italianos. Fingiendo haberme equivocado de lugar le di las gracias y salí un tanto nervioso, recordando la insistencia de Matías para que no me quedara en aquel hotel. «Que vaina más rara esta…», me dije mientras negaba con la cabeza, y aunque me hubiera encantado tomarme las cervezas o lo que fuera con aquel muchacho, la verdad me las había arreglado bien sin él. Sin embargo tuve que admitir que a esta altura mi interés principal no eran las cervezas o la compañía, quería que me contara en detalle lo que había ocurrido; cómo era que se habían envenenado aquellos turistas así como así, ¿qué habían comido o bebido? Después de machacarme la cabeza a preguntas me fui al bar del que me estaba haciendo asiduo, y mientras comía aceitunas negras y bebía una Moretti bien helada, concluí debía dejar de interesarme por aquel asunto que al parecer a nadie más importaba. También pensé debía de hacer alguna actividad diferente a pasarme el día bebiendo, e imaginando como mi ex mejor amigo montaba incansablemente a Francesca en todas las posiciones posibles, con un miembro equiparable al de un equino. Me propuse entonces tomar al día siguiente uno de los de tours que se ofrecían; el más barato claro estaba. Además me prometí que escribiría algo relacionado con el caso de Emanuela; por decencia debía enviar al menos un fast al periódico para seguir justificando mi estadía allí.

El paseo arrancó por el barrio de Trastevere, Piazza Navona, Piazza di Spagna y la Fontana di Trevi. Subimos luego al Monte Palatino, observamos las casas más importantes de la Antigua Roma y para finalizar, pasamos por Il Foro y Piazza di Campidoglio. Para ser sincero y pese a que el paseo había dejado maravillados a todos, no presté demasiada atención, mi mente seguía fija en Francesca siendo atravesada por la butifarra del Negro, y así, entre malos pensamientos, bares y tours baratos se me pasaron tres semanas, en las que había perdido la motivación por casi todo. También estaba a punto de acabar con lo que quedaba de mis ahorros, y había recibido por primera vez desde que estaba allí, una llamada de mi jefe en la que parecía tantearme. En cuanto entendí era hora de regresar a mi realidad, pasó que una mañana en que no me terminaba de decidir entre el bar o el tour; cuando ya ni siquiera pensaba en él, apareció el joven argentino. Lo vi como por reflejo cruzando una esquina, y aunque me costó reconocerlo, después de algunas cuadras de seguir aquellas Converse rojas estuve casi seguro era él. Aunque ahora que me lo pienso, no sé por cuál razón no le pegué un grito, envés de eso continúe tras sus pasos en silencio, hasta verlo meterse en un café al cual también entré agazapado. El joven, que ahora no llevaba bigote, cabello largo ni gafas de aumento parecía ser otro. Estaba rapado, teñido de rubio y vestía deportivo, cosa que me pareció sospechosa, y de no haber sido por las botas de seguro lo habría confundido con un turista más. Aunque que va, a mí no se me engaña fácilmente (salvo Francesca), siempre fui bueno para los rostros y tenía viva su imagen en mi memoria. En la mesa había dos hombres barbados que parecían esperarlo desde hacía rato, y aunque no pude escucharlos bien, hubiera jurado por el movimiento de sus labios que hablaban árabe; incluso Matías parecía comunicarse en esa misma lengua. Tras recibir un pequeño paquete rectangular abandonó el lugar, y algunos segundos después salí yo para continuar siguiéndolo. Mi intención era confirmar que no me había equivocado de persona, pero después de verlo reunido con aquellos barbudos mi interés había mutado; ahora, quizá por un efecto secundario del despecho aluciné, y desde el mismo momento en que salí de aquel café me había convertido en un sujeto diferente; mitad reportero mitad agente secreto; iba tras algo grande, ¿qué? No sabría decirlo.

Pasada alguna media hora Matías se metió en un hotel pequeño y una cuadra más adelante me detuve sin perder de vista la entrada, pero luego de casi una hora las piernas empezaron a dolerme y como el chico no salía, decidí marcharme, no sin antes anotar en mi libreta la dirección exacta del hotel. En el bar donde ya me llamaban por mi nombre y solo al verme el barman sacaba una Moretti fria, reflexioné en lo que había hecho, y en la llamada de mi jefe, a quien le advertí había desistido del tubazo. No obstante algo nuevo pasaba conmigo, se me había encendido un raro instinto que me hizo decidir quedarme algunos días más; al menos hasta saber si aquel joven rubio era Matías, y aunque aquello pudiera parecer una tontería, la duda había logrado el milagro de apartar mi mente de Francesca y su Mandingo.

Al menos dos días estuve tras él, y pude comprobar que en efecto vivía en aquel hotel. También averigüé que trabajaba en una heladería-pizzería cercana a la iglesia Santa María La Mayor, y al tercer día decidí entrar mezclado con un grupo de turistas. Mi intención era abordarlo y preguntarle sin tapujos que carajos hacía, por qué había fingido trabajar en el Villa Donna, y qué tenía que ver con aquel extraño envenenamiento. Dos veces se acercó la joven que atendía a tomar mi pedido, pero con la excusa de que aún no me decidía la evité, y seguí observando con disimulo los movimientos de Matías. Esperaba en cuanto dejara de atender al grupo de turistas con los que yo había entrado me prestara atención, pero cuando por fin salió de debajo de la mesa de los turistas, la cual al parecer tenía un desnivel en una de sus patas, fingió no reconocerme y en todo momento me respondió en italiano, pero le había advertido la cicatriz del pómulo y ahora estaba seguro era él. Luego de varios infructuosos intentos por desenmascararlo decidí pedir un café para hacer tiempo, y cuando me disponía a beberlo lo vi reaparecer, aunque ya sin el uniforme. Cuando pasó a mi lado me dedicó una mirada oblicua y de inmediato exclamó: «¡Salí de acá cagando, Chabón de mierda!» Tras lo dicho emprendió la carrera y apenas me dio tiempo a levantarme cuando sonó el estallido, y volaron por los aires pedazos de los turistas con los que había entrado.

Casi un mes estuve en un hospital en el que fui espléndidamente atendido por las quemaduras de segundo grado y la leve pérdida de audición de mi oído izquierdo, pero extrañamente ninguna autoridad vino a interrogarme acerca del acto terrorista. Para mi total confusión aquello había sido registrado como un lamentable “accidente”; una fuga de gas.

Apenas me dieron el alta tomé en un avión y regresé a Venezuela, sin embargo, nunca pude borrar aquel: ¡Salí de acá cagando, Chabón de mierda! La frase se quedó a vivir en mí y cada que escuchaba un ruido fuerte, volvía a aquel aciago día y terminaba temblando como una hoja seca en el viento.

En diciembre de mil novecientos noventa, mientras hurgaba en los archivos del periódico para una página aniversario, volví a ver la cara de Matías Lombardi. Lo reconocí de un grupo de familiares de militares por sus botas rojas, y porque al mirar la foto bajo lupa, pude volver a ver aquella cicatriz en su pómulo. El reportaje que acompañaba la fotografía databa de finales del ochenta y dos, y trataba de los hombres que habían perecido en “Batalla de Pradera del Ganso”, un sangriento enfrentamiento que tuvo lugar en mayo de ese mismo año, donde el ejército británico en clara ventaja había aplastado a los soldados argentinos conquistado el Istmo de Darwin, en la Guerra de Malvinas. Después de eso supe con seguridad la procedencia de los turistas con los que estuve a punto de morir en Roma.

 

 

Conoce a su autor

Nombres: Néstor Wilfredo.

Apellidos: Hernández Cánchica.

Contactos en redes sociales: Instagram: @canchica008 Twitter: @canchica52

Néstor Cánchica nace en Caracas-Venezuela, el 24 de abril de 1970.

Desde temprana edad se decanta por las artes, haciendo carrera como pintor, sin dejar de lado la ilustración y caricatura de prensa. No obstante a la plástica y a propósito de ser articulista y ávido lector, irrumpe en el panorama literario de su país en 2015 con una novela de ficción bajo el sello FBLibros “Andantes” (finalista “premio la crítica”).  A su ópera prima le siguen “Aghori” (novela 2017) y “El Abominable Hombre de las Nieves y otros relatos” (2018) su primer libro de cuentos. También publica “Maryam y la Teriantropía” (2020) donde el autor explora los terrenos de la literatura infantil.

En la actualidad tiene varios libros inéditos: “Pasajero a Frankfurt +10” (segundo libro de relatos) “Apócrifo” (su novela más extensa al momento), “Benitz” novela corta y “Abyecto”, novela de tipo policiaco en pleno desarrollo. Sus cuentos también han sido publicados en compilaciones de: Malasia, Chile, México y Argentina.

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