Sensaciones extrañas

Esa mañana se sentía diferente. No sabía muy bien el motivo, pero una sensación extraña le invadía. No era normal que, pese a ser más de las doce de la mañana, su mujer no estuviera haciendo ruido en el jardín regando las macetas, tal y como hacía cada día.

Su habitación presentaba un aspecto un poco desordenado. El armario se encontraba abierto, y parte de la ropa de su mujer se encontraba en la cama estirada. Le llamó la atención que gran parte de las prendas fuesen de color oscuro, y es que su mujer casi siempre se decantaba por tonos cálidos.

Prefirió no darle importancia, y pese a ser sábado quería adelantar un par de cosas del trabajo que no pudo terminar el día anterior. A veces tenía la sensación de que su trabajo le absorbía más de lo que le gustaría, pero manejar su propia empresa estaba siendo una tarea bastante complicada. Por suerte contaba con la ayuda de su hijo menor de vez en cuando, y es que el pequeño de los dos hermanos le sacaba de más de un apuro cuando su padre no lograba avanzar entre balances y auditorías.

Pasó por delante de su despacho, y en lugar de entrar y encerrarse como tantas y tantas veces tenía costumbre, quería ver qué ocurría: el no escuchar a su mujer le seguía pareciendo raro.  Todos los días le tenía que decir que por más alto que pusiera el volumen a la radio, las plantas no crecerían más rápido.

Pasando por el pasillo volvió a mirar el reloj que se encontraba justo en la esquina, pensando que ya faltaba poco para que su hijo mayor acudiera junto a su mujer y sus dos pequeños a comer.

Una de las cosas que más le ilusión le había hecho era que su hijo lo hiciera abuelo por partida doble poco después de sobrepasar los cincuenta años. Sentía debilidad por sus nietas, esas dos pequeñas monstruitas le hacían disfrutar de lo lindo, cada segundo junto a ellas.

Abstrayéndose de sus pensamientos, se dispuso a bajar las escaleras de madera para ver a través de las ventanas del salón a su mujer. Esquivó una mesa de cristal que allí y alejó su mirada para ver a su esposa a través de los grandes ventanales, pero no logró encontrarla.

No podía quitarse la sensación de que algo extraño pasaba. No era normal ese silencio en el hogar. A esa hora ya debería haber llamado su hijo avisándoles de que estaban en camino a su casa.

Sin perder un segundo acudió a la cocina con la esperanza de que su esposa estuviera allí… Pero lo único que encontró fue una taza de café junto a unas flores y un periódico abierto. Al acercase, comprobó de inmediato lo que pasaba: el periódico no hizo más que confirmar sus temores al leer su propia esquela…

…Todos estaban en su entierro.

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